me he parado, fragil, diminuto e inocentemente,
ante la enorme puerta de oscuro barniz
y sus bronces dorados
debo abrir? debo esperar? debo algo?
parece que sí, no sé, quízas.
por un instante se me viene a la imagen
aquel hombrecito que trataba de llegar a la manija
ahora que me detengo a pensar
yo tampoco llego, ni de puntitas de pie, ni ensueños.
depronto la puerta se abre lentamente,
despacio, con el leve crujido de cien siglos,
dejando ver ante mí, ansioso, efervescente,luminoso
un espejo lúgubre de plata, y en él la percepción delatora
de mi alma en llamas sedienta de ternura.

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