miércoles



Mis noches son largas y tienen sabor a café y a humo de cigarrillo barato, y el miedo a no dormir me provoca insomnio y otras veces paranoia. Debo admitir que me he acostumbrado bastante bien. Y ya no es sólo el hecho de haberme acostumbrado, más bién ahora sé que disfruto de esta clase de miserias y como si fuera poco tengo la necesidad de compartirlas de alguna manera con alguien, volviendo así a recordar un poco mi infancia solitaria, como algo que no quiero dejar escapar. Ya me acostumbré a vivir esta vida como mi propio infierno. No por dogma religioso, mucho menos por creencia mística. Me atreví a ser yo y vivir mi modo, como pueda más allá de toda clase de persona. Más allá de quien sea y de cómo sea. Más allá de quien se sienta y llora por todas esas fiestas de los que se enamoran de nada. 
Me aparté de mujeres deseadas y amadas como nunca fueron amadas por nadie. Y es mi altercado, a veces, con alguna de ellas. Que no comprenden razón alguna en que no las desmerezco, sino que las guardo como un retoño de recuerdo grato, util, inolvidable. Y aunque debo de seguir esta vida cruel hasta el fin elegido, deberé andar por una vía que yo me impongo, una vía de conocimietno donde la capacidad de mi asombro sea inagotable. Descubrir para qué y por qué existen y se atraviesan personas en mi vida. Por qué se van, por qué las dejo, por qué siguen continuando al lado mío aunque no esten presentes. Pero que están.
Nada vale no verlas. No verlas vale todo multiplicado por mil, por que mi imaginación las piensa a cada una en un momento definido, en un estado puntual, específico e imborrable, algo tan claro que puedo leer a la distancia cuán profundo es para mí haberles relegado ese factor de recuerdo como el que llevo tatuado.
Sepan disculpar, soy de los que sufren un extraño síndrome de depresión, dicho en palabras de un profesional de la salud.




w.

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