Ella adora leer mi diario y yo soy un impávido de mostrarle así mi afecto.
Logro escribir e ir mas allá de mí y de mis propias fuerzas. Me levanto una vez más de la cama y trato de juntar fuerzas dispares que no tengo ahora, mientras estoy a la espera de mi medicina.
Logro escribir e ir mas allá de mí y de mis propias fuerzas. Me levanto una vez más de la cama y trato de juntar fuerzas dispares que no tengo ahora, mientras estoy a la espera de mi medicina.
Le he escrito cuanto la amo a modo de cuento infantil. Como he podido hacerlo, sentí aquella inocencia de la niñez, luego, el espanto de mi propia niñez, acabándose en un tubo de diez años de vida que lo colocan a uno fuera de la especie del hombre normal.
Estos días en cama, con gripe, me han hecho producir un extraño desdén por la falta de luz que hay en mi cuarto, en mis espacios. Estoy escribiendo en este momento, serán alrededor de las cinco, cinco y cuarenta de la mañana y solo me ilumina una lámpara ciega y otra que cuelga del techo, disminuida por una fina tela purpura recubriendo la bombita de luz. Poca luz, mucho espacio. Muchas ganas de ver más o todo con más alcance, ¿Será esta una cuestión del por que no veo tanto como antes?
Como mi vista se ve empañada al lograr divisar el número de los colectivos, el cartelito de los taxis o subtitulados de películas extranjeras.
Hoy me encuentro calmo, parece como si estuviera del otro lado de la vida, sin emoción, sin sustancia. Pero encuentro agradable una noche de aquellos días; en el pasado, si. Moría por saber quien eras, como irías vestida, lo que veían tus ojos al sonreír, sentir tus palpitaciones y la forma en que respirabas, aquellas cosas simples, ¿sabes?. Era ese momento cuando todo el abismo del mundo creía atrapar. Y me envolvía como un niño jugando entre las sabanas. Y en otra perspectiva, puede verse que un manto moviéndose loco por los aires puede ser visto como aquel fantasma que fui, ante de morir y que cada vez te mira más cerca y por menos tiempo. Y entonces las luces empiezan a desaparecer, y yo convirtiéndome en la oscuridad, te pierdo. Voy dibujándote en mi memoria con una sonrisa, no puedo soportar tu cara de despedida eterna. Trato de imaginarte feliz y honda, plena de vida. No importan las distancias, ya no. Y entonces mi mirada busca reencontrarse con mis lagrimas, aquellas lagrimas que perdí para siempre en algún lugar de tiempo y espacio.

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