La nube gris de invierno arriba y en los ojos del niño que sentía el frío a través del pulóver verde. Mejillas sonrojadas, la cara tiesa dejaba dientes apretados, típico de músculos en esos días, así como gestos de ira y dolor, del anhelo de un abrazo reflejado en sus manos congeladas.
Se crió con quien estaba de turno, y supo bien disfrutar de lo bueno, tampoco era cuestión de no sonreír más. El retraimiento, la enajenación. La enajenación del retraimiento. El retroenajenamiento, y pensar demasiado en cosas que no le correspondían tan temprano consecuencia de ver por demás figuras deformes como gritos que se aplastan contra las paredes.
Pero no era cuestión de no sonreír más. Ahora he crecido y mis manos grandes, siguen congeladas y aún siento el frío que atraviesa la lana vieja de mi suéter. Si bien hoy me crío conmigo mismo y ese es uno de mis orgullos, siento la necesidad de que alguien esté aquí conmigo, diciéndome algo, mirándome, haciéndome sentir cosas, compartir momentos de mates, cafés, cigarrillos, chocolates, peliculas, series de tv, etc... etc.
Los primeros síntomas de la vejez se me han presentado, en diferentes ocasiones y formas. Las canas de mi padre, las quejas de la mujer que me crió, el aroma y los gritos de mi madre; todo a modo de recordatorio, el pasado me aborda cada segundo.
No como demasiado, no me da hambre muy a menudo. No me gusta la gente que me juzga, pero sí la que me alaba. Me gusta sentir que me quieren. Me gusta pensar que alguien me quiere. Me gusta aunque sea una mentira. Me gusta pretender creer las mentiras. No me gusta admitir cuando miento.
Construí mi pequeña biblioteca ni bien junté lo mínimo indispensable. Tengo todo, todo lo necesario para sentirme un hombre sabio. He leído y repasado cada uno de mis cientos de libros. Tengo facilidad para retener información. De adolescente jugaba frente al espejo a recitar diálogos, interpretando varios personajes a la vez. Nadie supo eso nunca, salvo una tarde de domingo en que mi hermana me espiaba detrás de unas cortinas.
No como demasiado, no me da hambre muy a menudo. No me gusta la gente que me juzga, pero sí la que me alaba. Me gusta sentir que me quieren. Me gusta pensar que alguien me quiere. Me gusta aunque sea una mentira. Me gusta pretender creer las mentiras. No me gusta admitir cuando miento.
Construí mi pequeña biblioteca ni bien junté lo mínimo indispensable. Tengo todo, todo lo necesario para sentirme un hombre sabio. He leído y repasado cada uno de mis cientos de libros. Tengo facilidad para retener información. De adolescente jugaba frente al espejo a recitar diálogos, interpretando varios personajes a la vez. Nadie supo eso nunca, salvo una tarde de domingo en que mi hermana me espiaba detrás de unas cortinas.
Con el tiempo comencé a escribir mis propia historia y a medida que fui adentrándome en el tema se me hizo todo un poco más complejo, con más personajes, escenarios diferentes, y sentimientos espumeantes. Hoy soy profeta de mí mismo y de nadie más, y me rodeo de otros niños que han sufrido como yo el frío a través del pulóver.
1- aquella fatalidad adolescente donde todo se ve... a su modo, incierto en aquel cielo.
2- esas noches de melancolía que pocas veces al año suelen ocurrir.
3- un traje apuesto bien puesto.
4- una nota justo antes de partir.
4- una nota justo antes de partir.
5- vivir rápido, morir joven, convertirse en un cadáver bonito y sin nombre en tu lápida!
No hay comentarios:
Publicar un comentario